Dicen que de un viaje el cuerpo vuelve pronto pero el alma dilata en regresar.
Estaba a tres horas de que mi vuelo despegará de Nueva Delhi y aún me seguía despidiendo de amigos, nuevos y viejos. En este proceso de despedida también me entretuve buscando algunos discos y finalmente —sin haber encontrado un rickshaw disponible, cosa rara en la India— llegaba a pie a una casa en la que nunca había estado pero en la cual me sentía a gusto. El largo comedor se encontraba en una especie de cueva amplia y blanca con un gran ventanal que daba a un pequeño jardín de esos en los que uno siente que hay algo más detrás de las plantas que delimitan el césped.
“¿Cuándo te regresas?” le pregunte a una mujer guapa y grande que estaba en el comedor. Sin recibir respuesta pero con la certeza de que ella también volvería pronto a su país, me encontré de repente practicando yoga en medio del mar. El tapete de yoga azul marino y desgastado que me ha acompañado en todo este viaje se extendía en la superficie tranquila. De repente, una inmensa ola se levantó y la tuve que pasar por abajo.
Al salir de esta ola, escuche un rugido profundo. Me encontraba remando una balsa de palma. Balsa tejida a la usanza de primitivas barcas de pescadores indios, como las había visto en un museo de Mumbai. Estaba entre un grupo de amigos que había hecho en la India, los cuales todos estaban por regresar a sus respectivos países. Cada uno navegaba en su balsa. Yo remaba, con un poco de prisa, y sentía que iba ya hacia México en medio de un vasto océano. Un inmenso dragón con un lomo lleno de protuberancias puntiagudas rasgo la superficie del mar y paso tranquilo entre nuestras balsas.
Me acerque remando a una especie de chalupa de Xochimilco realizada con el mismo tipo de palma. Esta peculiar balsa era conducida por un instructor de Yoga y era la más avanzada del grupo aunque daba vueltas sobre su mismo eje sin avanzar. Platiqué con el instructor breve, amable y divertidamente para luego despedirme y pedirle disculpas por dejarlo así dando vueltas, pero algo me decía que a él no le causaba inconveniente alguno. Tenía la sensación de que pronto lo volvería a ver.Entonces el sol entro a mi cuarto en la Ciudad de México y me despertó el trinar de algunos pájaros.
Este sueño lo tuve hace unas semanas y entendí que mi alma venía remando desde la India así que le tomaría tiempo en llegar. Al platicar con distintos amigos que ya han vuelto de la India, me han sugerido paciencia para volver del viaje.
Precisamente, en el aeropuerto de Ámsterdam, mientras esperaba el vuelo que me traería a la ciudad de México, escribí:
“Estoy contento, sin prisa y expectante al que seré en México. En el vuelo de Delhi a Ámsterdam sentí una placentera fuerza en el pecho. Volveré muy poco a poco. Necesito tiempo en México para digerir este viaje. Escribir me ayudará más a verme. La Yoga hará su parte –evidentemente— pero de una manera menos racional y por ende quizás más trascendente. Sin embargo, siento que escribir me ayuda a compartir y creo que al compartir uno comprende… Creo que estoy regresando para comprender mejor lo aprendido en este viaje. El viaje en si, también implica muchas distracciones. El estar quieto me va a dar, creo espero, la parsimonia, el espacio para profundizar y aterrizar”.
Pretendía al volver actualizar esta bitácora. Quería escribir de muchos sitios y momentos del viaje que no había vaciado aquí como si yo aún siguiera allá. Sin embargo, poco pude relatar. Ahora veo que para seguir compartiendo implicaba que yo me pusiera al día. Entonces indispensable es decirles, lectores amigos viejos y nuevos, que ya estoy de vuelta en México.
Empero, el viaje continúa y seguiré compartiendo en este espacio, seguramente con otra perspectiva, las experiencias de diez meses de viaje en el subcontinente.
Gracias por estar aquí.
Namaste.

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