Repasando lecturas para el retiro, volví a leer la estupenda introducción que Juan Mascaró escribe en 1960 a la Bhagavad Gita. En ella encuentro este bello párrafo que transcribo a continuación:
“Lo finito en el hombre anhela lo infinito. El amor que mueve las estrellas mueve también el corazón del hombre, y una ley de gravitación espiritual conduce su alma hacia el alma del universo. El hombre ve el sol por la luz del sol, y ve el espíritu por la luz de su propio espíritu interior. El fulgor de la belleza eterna brilla sobre este vasto universo, y en momentos de contemplación se puede ver lo eterno en cosas efímeras”.
Juan Mascaró en la introducción del
Bhagavad Gita, Editorial Debate (versión castellana de José Manuel Abeleira), 1999, pag. 44.
El Bhagavad Gita es un poema espiritual. Inmerso dentro del poema épico más largo del mundo, el Mahabharata, narra una batalla entre familiares. Pero más allá de relatar la guerra por un reino entre los Pandavas y los Kuravas (la cual muy probablemente ocurrió cerca de Delhi, India, siglos antes de Cristo), el Bhagavad Gita identifica a esta lucha con cualquier acción en la vida. Acciones necesarias, como el trabajo, que al realizarlas con una visión que trascienda lo inmediato y lo finito se convierten en una ofrenda. A través de esta acción (karma) nos unimos (recordamos que yoga es unir) con la creación, con el infinito. Esto se explica a partir del rico diálogo que en el campo de batalla realizan Arjuna, guerrero Pandava y representación del alma del hombre con Krishna, representación del Alma Universal; lo Absoluto. Dialogo en el cual Arjuna descubre hallar, a través del amor, el gozo de Todo.
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